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Amores tóxicos I

Coticé media vida laboral en una sucursal bancaria. Entré en el atisbo de su época dorada y  renuncié junto al derrumbe de sus estructuras. Un ciclo entero.

No te engañaré si te digo que me ha costado años procesar lo vivido. Estaba envuelta en gris y me sentía mal. Pero como pasa a menudo, la distancia que acompaña al tiempo ayuda a separar el grano de la paja. Al mirar atrás, ahora sonrío más veces.

Lo mejor de aquella época eran las personas que llenaban mis días con sus historias. Para aprender, nada mejor que estar a pie de calle.

Victoria y José eran una pareja de ancianos de las de toda la vida. Pero de las que se quieren mal. Él pasaba ratos en el bar mientras ella cuidaba de su huerto y sufría del corazón. Sí, del órgano físico también. Qué sabio es nuestro cuerpo, ¿verdad?

A veces terminaba ingresada unos días en el hospital. Días que José aprovechaba para cambiar la barra del bar por timbas de poker en el salón. 
Ella sabía que no recibiría sus visitas. Puede que ni siquiera esperara que él la fuera a buscar, pero aún así se enfadaba. 
Se enfadaba porque en la entrada del hospital no había nadie. Se enfadaba porque al llegar encontraba una casa hecha un asco y vacía porque él estaba otra vez en el bar. Pero sobre todo, se enfadaba porque le acababan de curar un corazón que ya se estaba volviendo a romper.

En ese momento, Victoria elegía su salud y lo abandonaba. 

Venían a la oficina para hacer los trámites oportunos. Separación de cuentas, cambio de domiciliaciones y terapia de pareja. Ella lloraba mientras, con su mirada, buscaba mi comprensión. Él medio reía al escucharla. Me gusta pensar que no era por orgullo sino porque no sabía donde meterse. Pero quién sabe…

Al cabo de unas semanas, cuando José se hartaba de comer mal, de dormir siempre en una cama deshecha y a Victoria otro la sacaba a bailar, volvía a buscarla suplicando amor. 

Cogidos de la mano, entraban en la oficina para deshacer todo lo hecho. Aunque al final, de tantas veces como venían, ya no teníamos claro qué era “hacer” y qué “deshacer”.

Una vida entera de desamor por no querer aceptar como es el otro y dejarlo ir. ¡Qué pena!

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