Capas

Foto Erik Witsoe

La vida y sus capas.
Llenamos las cosas de capas. Capas de pintura para tapar una mala elección en el color de la pared. Tippex, parches, impermeables. Fundas para regalar unos años más a nuestro viejo sofá. Forros para libros y fundas protectoras para nuestros gadgets.
Y de la misma manera también nosotros nos llenamos de capas. Chaquetas, abrigos. Filtros a nuestro carácter para esconder nuestros defectos y fundas a nuestra vulnerabilidad para evitar que nos lastimen.
Capas buenas y capas malas. Algunas para ocultar y otras para cuidar.

Otoño es la estación de las capas. Unas que llegan y otras que se van.
Llegan la manga larga y los jerséis para cubrir la piel tostada que hemos estado mostrando todo el verano.
Y a la vez, al igual que las hojas de los árboles, algunas de nuestras capas también van cayendo. Esas que el verano, con sus vacaciones, sus festivales,  sus risas, conciertos y diversión, ha utilizado para tapar nuestra rutina, nuestros problemas, la insatisfacción, las dudas o la apatía.

Nunca he llevado bien la llegada del otoño, los días tan cortos, las calles vacías, los labios cortados… mi desnudez de capas siempre ha sacado mi parte más melancólica.
Para mi el otoño es menos: menos grados, menos horas de luz, menos planes.
Y es volver: volver al hogar, volver a las obligaciones, volver a la rutina. Volver a la realidad.
Cumplo años en septiembre pero últimamente el otoño llena mis inicios de finales. De los emocionales, aquellos densos que vienen con duelos que casi siempre terminan enquistándose hasta la primavera.

Pero curiosamente este año yo, que siempre he sido una persona de azules, me he enamorado de toda la paleta otoñal, granates, marrones y ocre. Mi horno ha cocinado algunos pasteles de calabaza y las setas llenan muchos de mis platos.

Esta vez, cuando junto con las hojas mis capas se han ido cayendo, en el lugar donde debería estar mi melancolía he encontrado luz e ilusión.

Y la verdad es que no quiero ponerme más capas que lo tapen.

 

 

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