Cerrando etapas

Leí el otro día que no nos provoca estrés la cantidad de tareas que tenemos por hacer sino lo poco que dedicamos a las que nos gustan. Si tus obligaciones se comen el tiempo de tus pasiones, mal.

Yo he dejado de leer, de escribir, de pintar, de correr… Y de fotografíar, sobre todo, cielos.

El protagonista de la película Smoke tomaba una foto cada día, a la misma hora, en la misma esquina de Brooklyn. Tenía álbumes llenos de imágenes que, si los sabías leer, contaban bonitas historias. Las mías no las cuentan, pero también estuve grandes temporadas publicando amaneceres desde mi antiguo hogar.

Ayer me preguntaron cuándo empezaría la serie con los del nuevo piso. Y, aunque ya he visto un par porque vuelvo a dormir mal, me di cuenta de que seguía sin fotografiar. Ni leer. Ni escribir.

Llevo algunas semanas metida en una centrifugadora con un programa demasiado largo para mi gusto. Sin posibilidad de freno, una cosa se me va solapando con la otra. Cuando creo que empiezo el día con algo de tregua, llega la tarde y vuelta a empezar. 
Emocionalmente, es más parecido a estar en el punto dónde pican las olas de un mar agitado. Con algo de tiempo para coger aire, pero con sacudidas que te revuelcan.

Hablando hace poco de los cinco lenguajes del amor de Gary Champan, la conversación derivó hacia un interesante debate entre el dar y el recibir. Hay personas que son más de dar y otras que tienden a recibir; en parte creo que es educacional. 
El problema nace al invertir los papeles. No sé cómo lleva el tomar acción una persona receptora, pero como dadora, recibir se me da mal. Y pedir, peor.
No saber pedir es un gran problema. Te aísla, te va llenando de soledad y niega al otro el placer de dar. Porque dar, ayudar, hacer para otro, es uno de esos lenguajes.

En algún centrifugado de estas semanas han aparecido algunas peticiones. Más de lo que me siento cómoda pidiendo. En ocasiones, por el volumen. En otras, por hacerlo a personas que me generan incomodidad. Y ha ido bien. Me ha aportado cierta liberación, ha fortalecido la conexión y ha sido todo un aprendizaje.

Han habido otros. De aprendizajes, digo. 

Uno de tópico, que es muy real y que, por no saber estar en el presente, siempre se nos escapa, es no saber valorar lo que tenemos hasta que ya no está. 
Aplica con todo y la vida se encarga de recordártelo de las maneras más curiosas. En mi caso, con la plaza de parking.

He estado 11 años bajando una rampa recta y amplia, para aparcar el coche con tan solo tres simples maniobras. Ahora, rayo el coche una de cada cuatro veces. 
Seguro que tiene truco y lo encontraré. Otros vehículos más voluminosos entran y salen a diario. Pero esos cinco minutos que estoy intentando encarar bien y dándome cuenta de cada milímetro movido, pienso: “valora todo lo de hoy, Marta”.

Y mi aprendizaje vital: Aceptar.
Este lo llevo regular, pero le aplico conciencia y le doy espacio.  

Aprender a aceptar rápido lo que la vida te trae para que el miedo no te paralice y poder actuar.

Aprender a aceptar que hay cosas que no dependen de ti y que, por mucho que lo intentes, no puedes cambiar. Dejar que pasen, y adaptarte a sus tiempos.

Aprender a aceptar que cada cual decide las experiencias que quiere vivir, con quién las quiere compartir y de quién se quiere dejar acompañar. Y a veces eso te deja sin un lugar para ti.

Aprender a aceptar y transitar todas las emociones. No por creer que estás lidiando con muchas cosas, dejarás de sentir alguna. Tarde o temprano, saldrá.

Y nada. Los nuevos amaneceres me los quedaré para mí. Pero te he dejado uno de los últimos desde un hogar en el que me he sentido triste pero también muy muy feliz. 
Espero encontrar tiempo pronto para poderlo despedir.

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