Dejar ir

Dicen que el tiempo cura, pero a veces también enquista.

Cuenta David R. Hawkins en su libro “Dejar ir” que tendemos a gestionar una emoción negativa de 3 maneras diferentes -y te adelanto que, según él, ninguna nos beneficia-.

La primera, y dependiendo si lo hacemos conscientemente o no, es la supresión/represión. Corremos un tupido velo y a otra cosa. Chimpún.

La segunda es la expresión. Y te dirás que bien, que las palabras tienen que salir para que no se queden dentro -también yo creía eso-. Según su teoría, la expresión hace que demos importancia a esa emoción, agrandándola, y puede que habitando demasiado tiempo en ella.

La tercera es la más divertida: la evasión. “Aix, que bien me ha sentado esa cenita con los amigos para no recordar qué mal me lo paso en el trabajo…” Nos entendemos, ¿verdad?. Aquí entran las adicciones y las noches de desenfreno.

En su opinión, la emoción tiene que transitar por tu cuerpo. Tienes que sentirla para poder dejarla ir. Si se enquista, afectará a la mente y al cuerpo, enfermándolos.

Por supuesto, es imposible desarrollar bien su teoría en tan poco espacio. Pero sí que es bueno poner un poco de luz al tema y recordar, ahora que está tan de moda hablar de las “mochilas que acompañan a las personas”, que todos tenemos una y que la llenan estas emociones.

Victoria, una antigua profesora de yoga, cada vez que quería que perfeccionásemos una asana nos traía al presente con su: “Date cuenta de…”

No sé si estamos preparados para dejar ir las emociones tan fácilmente, pero sí podemos darnos cuenta de lo que llevamos enquistado en nuestra mochila para gestionarlo lo mejor posible.

Y dejar de hacer responsables a los demás de nuestras mierdas. Esto también.

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