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En sus zapatos

Zapatos en La Toscana

Un sábado con buenos planes, cuatro mujeres y un hombre nuevo de quien hablar. Nada puede ser más peligroso para que se nos junte la comida con la cena. Porque si, las mujeres pensamos mucho. Pensamos demasiado. Pensamos nuestra parte y también la parte que no pensáis los hombres. Eso puede que os de miedo, pero señores, que sepáis que cada acto que hacéis o que no hacéis (si, las omisiones a veces son incluso más importantes que los actos consumados) es analizado hasta el más mínimo detalle para encontrar la lógica finalidad. Si si, aunque vosotros actuéis sin pensar en vuestro objetivo ni tener en cuenta las consecuencias no hace falta que os preocupéis, que ya lo vamos a descubrir nosotras.
Total, aquí estamos nosotras, ravaleando, mientras decidimos las intenciones de este nuevo personaje. – hace la técnica de la caña de pescar, que la tira y luego la recoge… esto es que está inspeccionando el terreno… – no, hombre no… esto es que es un cobarde y de cobardes en mi vida no, gracias… Y así hasta que una de nosotras adquiere un grado de cordura y sentencía – a ver… no sabemos casi nada de él, ni como es, ni como actúa… ¿qué tal si intentamos no ponerle ya una etiqueta?. Santas palabras.

Llevo bastante tiempo cansándome de escuchar tantos juicios de valor sin intentar saber antes la máxima información. Hay actuaciones malas por defecto, lo sé… pero no para todos es igual de fácil vivir, y a veces hay actos que aunque a simple vista no se puedan justificar, pueden paliar un poco la condena.
Últimamente tenemos todos las cosas tan claras y los valores tan seguros que nos dedicamos a opinar así a lo fastfood. Y no. A veces las cosas necesitan su tiempo de fuego lento y de reposo para poder abrir la boca y verbalizar lo que tenemos en mente. Y parece mentira que lo diga yo, que tengo la fama de ver siempre solamente el blanco y el negro, pero a veces observo demasiada pereza para empatizar. Nos quejamos que los mass media nos manipulan enseñándonos solamente una versión, pero luego, en los casos que tenemos la posibilidad de informarnos, no nos interesa hacerlo.

Hace poco más de un mes (creo) me enfadé por una tontería. Yo tenía claro que no era grave como para enfadarme, que molestándome ya bastaba, pero lo que sí sabía es que tenía razón. Y como no soporto estar enfadada intenté dialogar con la otra persona para hacerle saber que tenía razón. Y claro, al escuchar su versión me di cuenta que él había vivido las cosas bastante diferentes a las mías y con circunstancias que no tenían nada que ver. Sin esta explicación hubiera continuado con mi enfurruñamiento.

Ya es suficientemente duro a veces vivir en una sociedad que cada vez nos exige más la perfección como para que nosotros vayamos emitiendo juicios de valor de la actuación de los demás así, al tuntún. Tendríamos que aprender a ponernos antes en los zapatos del otro.

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