¿Esperas o te esperan?

Carlos, un antiguo compañero de las clases de cocina, siempre tenía la misma duda: Pasta o salsa, ¿qué espera a qué? ¿Reservamos la pasta hasta que la salsa esté lista o es la salsa la que va a tener que enfriarse mientras tanto?

Años más tarde, un italiano me confirmó que la pasta nunca espera. Cuando está lista, se come. O se pasa. No sé si Carlos lo habrá descubierto por su cuenta. 

Hoy he vuelto a preparar spaghetti alla bolognese. A mi manera, como la mayoría de recetas. Nunca me ha entusiasmado este plato, pero me dio por cocinarlo a menudo ahora hace dos años, cuando nos encerraron en casa. Necesitaba una excusa para beber una copa -o dos- de vino blanco entre semana y esta pasta se prestaba bien. 

Sentada en la mesa de mi terraza, tenedor en mano, enrollaba a conciencia los espaguetis, me los metía en la boca y los comía con los ojos cerrados, notando el calor del sol en mi cara -hace dos años nos encerraron pero hacía sol-. Había tal silencio en ese momento que podía escucharme masticar. 

Al recordar aquellas semanas, todavía me flipa la sensación de calma encubierta que vivimos. Esa espera eterna al estruendo final que dibuja la palmera cuando ya has vislumbrado subir el petardo. Una tranquilidad postiza. 

Si en ese momento hubiese aterrizado un pájaro muerto en mi terraza, sin un atisbo de extrañeza hubiera seguido con mi vino. Todo parecía irreal.

Como los spaghetti alla bolognese de hoy, este local también tuvo que esperar dos años para verme cruzar su puerta. Demasiados recuerdos, puede.

Cada cual tiene sus tiempos y, aunque en ocasiones finjamos, rara vez llegamos a los sitios o a los momentos a la vez. O esperamos o nos esperan. 

Y seguramente no seremos tan exigentes como la pasta pero, aunque intentemos ralentizar nuestros pasos, tarde o temprano también podemos acabar pasados.

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