Instantes previos

Al llegar de correr, con el paso todavía algo rápido, me crucé con una chica que, móvil en mano, daba las últimas instrucciones para localizar un punto de encuentro. “Tira todo recto y verás unas escaleras, súbelas y ya estoy ahí”.
Dejando detrás esas escaleras, me encontré con el chico que estaba al otro lado de la línea. Al descubrir aquellos ocho peldaños que le separaban, esbozó una enorme sonrisa de la que seguramente no se percató. Y si no fuera por mí, hubiera pasado desapercibida.

Hay un momento previo a que las cosas sucedan que es mágico. Dura unos instantes. A veces no nos damos ni cuenta. Y no siempre coinciden con situaciones que nos hagan ilusión. Pero esos segundos precedentes son de libertad plena. De dejar ir y confiar.

Seguro que la química juega un papel importante. Deberíamos comprobar los picos de adrenalina y de cortisol. Es como si el cuerpo pensara “la suerte ya está echada, vamos a disfrutar”, y se relajara de golpe; pero unos instantes antes. Una descompresión física y emocional de manera repentina.  

El momento en el que la planta de tu pie deja de estar en contacto con esa roca -puede que demasiado alta- y tu cuerpo flota en el aire esperando impactar contra el mar. 

Ese suspiro profundo cuando tu cuerpo está estratégicamente colocado en la silla, ni muy relajado, ni muy encorsetado, antes de empezar una entrevista.

El clic de seguridad que hace el arnés protector del Dragon Khan cuando alcanza a rozar tus muslos.

Boli en mano, unos segundos antes que dejen en tu mesa la hoja del examen.

El instante en el que ves entrar por la puerta la mirada que esperabas.

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