Thoughts

La necesidad de fluir el sentir

Hace algunos años, después de una ruptura y mil discusiones, sentencié que estaba harta de tal montaña rusa; que me plantaba. Lo verbalicé.
Acompañé a la otra parte a casa, lo abracé (no vaya yo a montar un drama de más) y me despedí con un “guardo todo esto en una caja que, ni pienso abrir, ni gestionar”. Aix, el poder de las palabras… No hagan esto en sus casas.

Abrir esa caja me costó muchos meses de oscuridad. No porque fuera duro, que lo fue, sino porque la enterré tanto que no encontraba el camino. Qué difícil es arreglar cosas (y a uno mismo) cuando las respuestas no están en Google. Busqué en libros, terapia, reiki, meditación, yoga… Dicen que la oscuridad solo es ausencia de luz.
La encontré. Y una pandemia mundial puso la guinda del pastel para perdonar(me).

Soy una persona muy racional y necesito comprender las cosas para asimilar etapas.
Con la mente, cualquier suceso vivido en una relación afectiva se entiende -si utilizamos la empatía- y se acepta -si pensamos que la otra parte lo ha hecho lo mejor que ha sabido (siempre me gusta pensar que así es)-.

Pero además de la mente, también hay nuestros sentimientos. Y, aunque quiera, ese entendimiento mental no puede eliminar el enfado, tristeza, pena, rabia… Guardados en una caja para no sentir, no pueden transmutar.

Me ha costado entender que las vivencias pueden ser duales, y que lo que la mente comprende a la primera, puede que el corazón necesite que le permitamos fluir esos sentimientos; dejar que nos atraviesen para poder trascenderlos.

Y para fluir no hay nada mejor que el mar.
Cierras los ojos y te sueltas en una ola. A veces el mar está en calma y el proceso será como una caricia. Otras, te acompañará la intensidad de una tormenta. Incluso puede ser que el mar tenga resaca y te cueste más llegar. Pero siempre te devolverá a la orilla.

Se trata de soltar y confiar.

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