Esas pequeñas cosas…

terraza secreta

Y, todavía no sé cómo, dejé de ser un poco yo. Me di cuenta así, sin más, en el mismo momento que salía por mi boca “ya no me gustan tanto las cosas bonitas”.

A ver, entendedme. Las cosas bonitas me gustan mucho, de siempre. Soy carne de cañón de los cada vez más famosos concept store, soy target declarada de esos objetos que tienden a ser más bonitos que útiles y algunos de vosotros mejor que no sepáis lo que he llegado a pagar por una vela perfumada.
Con esta pequeña descripción no costará adivinar que lleve tiempo confeccionando un listado de todos los locales gastronómicos (que cutre llamarles bar) a los que se debería ir como mínimo una vez en la vida sí o sí. Y no estoy hablando de esos con productos típicos, con comida de diez o de estrella Michelín… en definitiva, a los que SÍ se debería ir. Hablo de los que tienen bicis colgadas en paredes de obra vista, con mesas  para compartir larguísimas de madera, sillas de hierro pintadas de colores y productos healthy, orgánicos, green y demás. Esos mismos en los que nunca te servirán unos cacahuetes para picar con el gintonic con romero o eneldo… vete a saber.
Pero cuando te sacas de la cabeza la tontería de ir a los sitios más “in” de la ciudad te das cuenta que para nada todos valen la pena por mucho que estén inmortalizados en los instagrams de esos casi influencers. Que algunos están muy bien pero otros podrían ser franquicias de la misma empresa y, sobre todo, que nunca acabas pagando lo que vale.

Hace un tiempo estuve en un local relativamente nuevo y pedí un café con leche y un croissant. El típico menú-desayuno de muchos bares allí me costó 5 euros. Sabía que el amor te lo tenías que ganar, pero nunca había pagado tan caro un corazón en el café. Me lo bebí muy lentamente para que me durase hasta el final. Me dan rabia los corazones rotos.

Pero tarde o temprano llega ese día que te tomas un zumo de esos que no tienen nombre extraño pero saben mejor, y que te cobra María a un precio razonable y con una sonrisa mientras te pregunta si te ha gustado. O sientes el placer de comerte ese frankfurt en el bar de la esquina, que no quieres ni preguntarte porqué también sabe un poco a chistorra pero que entra genial, aunque te aconseje lo contrario la OMS o los fanáticos del eatclean.
O pararías el tiempo en esa tranquila terraza, que no tiene colas ni listas de espera, donde no sólo puedes contemplar preciosas puestas de sol, sino que el reflejo de esa misma luz en la pared blanca del edificio ya es bonita por si misma…

Este año el claim de Estrella Damm es Lo mejor de la vida está en saber disfrutar de las pequeñas cosas y yo no podía estar más de acuerdo. Pero de esas pequeñas cosas que son reales. Sinceras. De verdad. De las que te quedan grabadas en la retina, en el paladar y en el corazón.

2 Replies to “Esas pequeñas cosas…”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *