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Mi otra yo…

De vez en cuando recibo emails destinados a una persona con quien comparto nombre, pero no dirección de correo electrónico. 

Marta, mi Marta, es italiana. Y mientras yo estoy en mi casa, todavía medio enferma y escribiendo esto, ella está paseando por las calles de Bologna. Si su tren no ha salido con retraso, claro. 

Me gusta saber que al menos una de las dos disfruta de su tarde. Pero puede que no, puede que ella tenga un mal día y no valore ese entorno que a mí me es desconocido y desearía visitar. Barcelona es preciosa y a veces yo también termino un poco harta de ella.

A lo mejor se queda unos días, porque no tiene billete de vuelta. O puede que  regrese a Milán en coche con Marco, su pareja/amigo con derechos. 

Sí, es milanesa. Aunque por sus compras no creo que entienda mucho de moda. Ese mito que los milaneses llevan la elegancia en su ADN es solo eso, un mito. De verdad, lo he verificado de primera mano (aludidos vía email).

A Marta, Milán le gusta lo suficiente como para echar raíces y está pensando en comprar un piso. De momento no tiene previsión de aumentar la familia porque en 65m2 estarían algo apretados, pero podrá desayunar tranquilamente en la terraza. (Por si me lee algún interesado, en Milán los precios rondan los 330m para estas características).

No sé si me conoce. Espero que no y que yo acierte más que ella a la hora de escribir mi dirección de correo electrónico. Pero quien sabe… 

A lo mejor ha descubierto que comparto un piso pequeño como el que busca ella con dos peluditas, que me encanta leer y los productos naturales. Que invierto tiempo y ganas en conocerme y aceptarme. Y que me suscribo a mil cosas y después nunca abro los e-mails.

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