Miedo, Stefan Zweig

Sigo con mi admiración a Zweig en mi segunda lectura de su obra, Miedo.

Irene, una mujer perteneciente a la alta burguesía vienesa, casada con un abogado y madre de dos niños, pasa sus días entre reuniones sociales, bailes, fiestas y compras. La gracilidad de su vida le aburre y, algo anodina, empieza una aventura con un joven pianista.

Los minutos de angustia que vive cada vez que sale del hogar de su amante por miedo a ser descubierta, se convierten en terror cuando, efectivamente, una mujer la reconoce. Aquí empieza su tormento.

A partir de este momento, los días alargan sus horas. Y en cada una de ellas, Irene espera el momento en el que se descubrirá todo el pastel. Está susceptible, irascible, miedosa y se da cuenta que en su antigua vida no había conciencia. Redescubre un marido al que antes no había mirado y unas rutinas banales que la desataban de cualquier afecto familiar. La infidelidad carece de importancia. Aquí, la duda existencial, es continuar con la mentira o decir la verdad.

“El miedo es peor que el castigo, porque este es algo determinado y, por severo que sea, no se puede comparar con el temor que despierta en nosotros lo incierto, una tensión espantosa, que no conoce límite. Al conocer su castigo, ha sentido un enorme alivio. No debes dejarte engañar por sus lágrimas: ahora han aflorado, pero hace tiempo que las derramaba por dentro, y créeme cuando te digo que las lágrimas hacen mucho más daño dentro que fuera”.

140 páginas de una intensidad que no te dejan levantar de la silla. Qué gran capacidad la de Zweig para transmitir tanta angustia. Para encontrar la palabra exacta y la combinación perfecta.

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