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Mis primeros veranos

Y un día lo dejas de hacer. Una omisión calmada. Como cuando, sin darte mucha cuenta, el bote de Colacao hace semanas que no ocupa su espacio en tu armario. En silencio.

Hace media vida pasaba mis veranos aquí. Los recuerdos ocupan ya un frasquito pequeño. El perfume es más intenso y cada gota invade todo mi ser.

Abro este y huelo a familia. A la mano de mi abuelo al acompañarlo a comprar leche de la “vaca rossa”. A mi abuela y su “a les 12 a misa!”. Al olor a leche hervida que impregnaba toda la casa y te quitaban las ganas de desayunar. Al “Es fa saber” seguido de información importante (y no tanto) que escupía el campanario dos veces al día.

Vidas enteras en la plaza, comiendo pipas por la tarde y cañas de chocolate antes de ir a dormir.
A muchas primeras veces. Lluvia de estrellas, horas eternas de fútbol, piscinas de agua helada, excursiones, cenas…
Lluvias de agosto cada tarde, festa major, el farolillo, tardes de polideportivo jugando a cartas y noches de bar jugando al duro. “Ball a la plaça”.
En la vida voy a escuchar un paso doble sin sonreír.

Y luego llegaba la hora de partir. Ese dichoso nudo que me oprimía el corazón cada vez que me iba de esta montaña. Me dolía tanto irme de aquí que casi siempre lo hacía “a la francesa”.

Estar aquí era no estar en ningún otro lugar. Eso sí era presente.

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