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Ocho noches blancas, André Aciman

“No se me ocurrió pensar que las personas que irrumpen en tu vida pueden salir de ella con la misma facilidad en cuanto han terminado contigo, que alguien que entra en la sala de conciertos segundos antes de que empiece la música tal vez vuelva a levantarse de repente y molestar a todo el mundo al darse cuenta de que se ha sentado en la fila equivocada y no querer esperar al intermedio.”

Ocho noches blancas. Cada una de las noches que separan Noche Buena de Fin de año. 24 horas. Cada día, durante una semana, para conocer a alguien. Para tener la oportunidad de enmendar los errores del día anterior y la posibilidad de adentrarse un poco más en el otro.

La noche de Navidad, Henry Vaughan acude a una fiesta en un lujoso apartamento del Upper West Side de Nueva York donde no conoce ni a los anfitriones. A última hora, y de rebote, ha decidido asistir a una velada que le cambiará la vida.

“Soy Clara”.
Esas son exactamente las dos palabras que le cambiarán la vida. A partir de ese momento, Henry queda prendado de una mujer sensual, ingeniosa, distante y a la vez magnética.

Ambos han sido invitados también a la fiesta de Fin de año, pero Henry no tendrá que esperar ocho días para volver a verla. Al día siguiente, Clara lo espera por sorpresa en la puerta del cine.
A partir de ese momento y a lo largo de los ocho días que separan los dos eventos, Clara y Herny pasean por las frías calles de Manhattan, salen de la ciudad, desayunan y crean rutinas compartidas. Cosas suyas.
Una semana llena de juego, de seducción, de miedos, de peleas, de amor y de desilusión.

¿Por qué lo que decimos y lo que sentimos a veces es tan dispar?

Entre Henry y Clara existe un juego seductor complejo. Nunca muestran del todo sus cartas. Es tan difuminado todo lo que dicen, lo que hacen, que el otro nunca se atreve a dar el primer paso. Y seguramente si analizaran el comportamiento de cada uno, el otro tendría más pistas. Pero también entra en escena su propia vulnerabilidad y esos miedos que llenan de capas frases, gestos y miradas, nublando su juicio.

El juego que al principio atrae y engancha, después consume. Porque las máscaras acaban pesando demasiado.
Al final, todos necesitamos dejar de esconder lo que llevamos en el corazón.

Descubrí a André Aciman con Ocho noches blancas; y no sé si es porque en el mismo momento que Henry y Clara paseaban por las calles nevadas de Nueva York yo estaba empezando un juego más o menos parecido, o porque Aciman desgrana a la perfección cada miedo y cada duda, escondidos en miradas y silencios; pero este libro me cautivó y desgarró a partes iguales.

Sin duda, lo recomiendo profundamente.

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