Cozy Places

Mi querida Barcelona

Flying

Me gusta viajar. No se si es por cambiar un poco de rutina o por los desayunos en los hoteles. No hay muchas cosas que me gusten tanto como un desayuno de hotel.
Os podría decir que me gusta viajar para descubrir diferentes culturas, pero mentiría. Para descubrir diferentes culturas hace falta irte muy lejos o simplemente cruzar la esquina e, incluso así, me gusta viajar.
Os podría decir que me gusta viajar para descubrir sitios nuevos pero volvería a mentir, me pasaría la vida hiendo a París o Nueva York.

Me gusta viajar. Me gusta desplazarme. Me gustan los hoteles. Me gusta cenar fuera cada noche y poder hacer fotos sin ton ni son sin tener que decir “lo siento, esta es la última, lo prometo”.

En un mundo globalizado viajar ya no significa lo mismo. Con McDonalds podemos comer en casi cualquier parte del planeta el mismo menú. (En Barcelona no suelo ir, pero os puedo asegurar que un McPollo sabe igual en Venecia que en Londres). Y la comodidad y el sabor del desayuno siempre será el mismo en el Starbucks (conozco los de medio California). Cada vez tenemos que hacer menos veces un cálculo mental de cambio de moneda, solo nos escandalizaremos por el precio de la bebida fuera de nuestro país y ya. Puede que incluso comiendo platos autóctonos recordemos que los hemos comido de mejores al lado de casa.
Hay veces que sólo recuerdas que estas fuera de casa al meterte en camas de sábanas blancas y multitud de almohadas.

A mi hay otra cosa que me lo recuerda: los viajes en metro. Nunca me siento más desubicada que dentro de un metro de otro país. Me fijo en las caras dormidas y extranjeras (si, en ese caso la extranjera soy yo) y pienso que ellos van a trabajar mientras yo me voy a un museo, de compras o simplemente a pasear. En ese momento me siento de más. Es una especie de pensamiento de “mientras tu vas tranquilamente a trabajar yo voy a disfrutar de tu ciudad y, sin que te des cuenta, voy a crear recuerdos en ella”.

Últimamente cojo el metro un par de veces cada día. En hora punta y con prisas. Sólo dos paradas, no me da tiempo ni a sacarme el abrigo.
El otro día miré las caras y las vi igual de extranjeras, igual de soñolientas y con las mismas pocas ganas de ir a trabajar que las que puedes encontrar en París; pero no me sentí desubicada en absoluto. Me hubiera podido quedar dormida en aquel momento con total confianza. Y si, seguro que me hubiese despertado sin bolso. O no, nunca se sabe, pero yo valoro el grado de confianza y seguirdad con la posibilidad de poder quedarte dormido tranquilamente (tengo cierto instinto animal desarrollado).
Entonces pensé que seguramente lo que me hace sentir incómoda en los metros no es no compartir ni rasgos físicos ni lenguaje, sino saber que mientras ellos tienen en la cabeza sus problemas y sus historias, yo voy a robarles parte de su ciudad.

Luego sonreí y busqué entre las caras del metro quien iba a robarnos un cachito de mi querida Barcelona.

Barcelona views

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *