Todo lo que no puedo decir, Emilie Pine

Por suerte, ahora la crianza es muy diferente. A las generaciones anteriores se nos invalidaron muchas emociones.

El miedo, pero sobre todo la tristeza, eran “cosas” para débiles. No se nos permitía llorar porque teníamos que ser valientes. Te caes, pues te levantas. Te enfadas; te desenfadas.

Sin querer, aprendimos que hay cosas que no se pueden decir. Se deben esconder para parecer fuertes. Cubrir un tupido velo y aquí no ha pasado nada. 

Y no hace falta comentar que todo lo que queda debajo tarde o temprano deberá ser tratado en terapia. 

Cuando existe mucho amor, en ocasiones no hacen falta las palabras. Pero por regla general, el silencio separa.

Y, aunque nos contaron lo contrario, no hay acto más valiente que la vulnerabilidad de abrirse en canal para mostrar lo que llevas dentro. 

Nos cerramos y escondemos nuestros secretos para evitar el rechazo cuando son esas mismas experiencias las que fortalecerán más nuestros vínculos.

Emilie Pine hace su propio exorcismo en “Todo lo que no puedo decir” para contar en primera persona todos sus tabúes sociales. Esas “vergüenzas” que solo se pueden explicar con un susurro para que no nos rechace la manada.

Relatos breves y extremadamente intensos sobre esas experiencias que muchos vivimos y guardamos: infancias desestructuradas, niños ignorados, abortos, infertilidad, padres alcoholicos, violaciones, muerte perinatal, adicciones, problemas psicológicos, la falta de amor que lo nubla todo. En especial, el que debemos darnos a nosotros mismos.

“Escribo esto ahora para reivindicar todas esas partes de mi que tan a conciencia he negado durante tantos años. Escribo para descifrar un código de silencio que he respetado durante demasiados años. Escribo para, por fin, poder sentirme presente en mi propia vida. Escribo porque es la cosa más poderosa que se me ocurre.

Por último, escribo esto porque no puedo viajar en el tiempo. Durante mucho tiempo he albergado el deseo recurrente y sentimental de regresar a los primeros años noventa y abrazar a mi yo más joven con fuerza, justo lo que necesitaba, y no hacerle caso cuando decía que estaba bien. Porque sé lo que le diría. La abrazaría y le diría que sé que se siente sola, que sé que se siente perdida, que sé que siente que no vale nada. Y luego, porque ella no soy yo, y porque ella soy yo, le aseguraría que tiene algo, algo asombroso, adorable, especial, bello, frágil, fuerte, algo por lo que merece la pena luchar”.

Escribir es uno de los actos más terapéuticos que podemos hacer por nosotros. Por amor. 

Publicarlo después es uno de los actos más valientes que podemos hacer para los demás.

Gracias, Emilie.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *