Una pulsera y un favor

De pequeña, me daba pavor que se olvidasen de mí a la salida del colegio. No sabía llegar a mi casa y la madre de un compañero de clase nos recogía a unos cuantos para repartirnos. Luego aprendí el camino, pero esa sensación de ansiedad hasta estar sentada en la parte de atrás del Renault supercinco la tengo muy presente.

Ese mismo miedo fue el que me llevó a pedir a mi padre que acompañásemos a una niña a quien un día sí habían olvidado. Ella vivía en una zona residencial y, aún sabiendo el camino, quedaba muy lejos.

Un par de meses después, dejé olvidada al lado del grifo del baño de la escuela una pulsera hecha de un cordón grueso y colorido que me había traído mi tía de alguno de sus viajes. La pulsera no tenía más, pero a mi me encantaba y me la quitaba para no mojarla al lavarme. Cuando me di cuenta, volví y la encontré en las manos de esa niña. Le comenté que era mía, que me la acababa de dejar. Pero ella dijo que no, que era suya. Se la puso y se marchó.

Todavía filtro algo mal a la hora de elegir a quién doy. Pero lo que sí aprendí ese día es que, en el momento que haces un favor, se va. Se despide. No forma parte de ti ni crea ningún vínculo. Si quieres mantenerlo atado, vas mal. Aunque creas lo contrario, ya no te pertenece. No existe ningún préstamo. La deuda que creemos que genera es tácita y moral. Y algunas personas tienen una moralidad muy laxa.

Soy muy partidaria de los favores, pero si los haces, debes dejarlos ir. Muchas veces vuelven, pero otras no. Y está bien que sea así.

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