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“Yo soy mía”

platja del trabucador

 

A mis 5 años, en un arrebato de amor propio me rebelé contra la autoridad familiar, mi madre. Harta de tanta imposición de la que la única destinataria era una servidora, decidí que de esa manera no se podía vivir. Me enfrenté a ella alegando que en esa casa todos me mandaban y que me negaba a estar en esas condiciones.

Ella, conocedora de todos mis miedos en forma de oscuridad y de  pequeños insectos escondidos en los rincones de las paredes de mi habitación  que solamente yo era capaz de ver, abrió la puerta mostrándome toda la negrura de una calle de noche, fría y desierta, y me invitó a abandonar tal sufrimiento.
Por sorpresa para ella, partí con lo puesto. Tal situación insostenible no podía alargarse el tiempo de hacer la maleta.

Mi aventura finalizó antes de llegar a cruzar la primera calle. Mi señora madre, con su gran don de “dar la vuelta a la tortilla”, me perdonó tal desfachatez y me aceptó nuevamente en el hogar. No recuerdo cómo me convenció pero desde ese día establecí mi mantra “yo soy mía”.

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